Juanjo Alvarez, un tipo rápido que hoy saborea la revancha
Será porque nació un 25 de Mayo, porque lo trae en la sangre o porque lo aprendió en la vida, Juanjo Alvarez tiene el aire del tipo que se siente destinado para las grandes cosas.
No
será Gardel, pero está convencido de que a su lado puede lucirse sin
desentonar, como ya lo hizo en su época su tío abuelo, Tito Lusiardo. A
lo mejor heredó de él sus modos de porteño rápido y un poquito sobrador.
Pero esa confianza en sí mismo es un insumo que siempre empuja mucho. Y
más todavía en la política, que es un campeonato abierto de egos sin
límite.
Este hombre, al que llamaron de urgencia entre los
estruendos y dolores de la tragedia, para hacerse cargo de la seguridad
en la Ciudad de Buenos Aires, nació hace 49 años en Hurlingham. Abogado
por la Universidad Católica, casado y con cinco hijos, es hincha de
River hasta más allá del fanatismo. Pero como lo cortés no quita lo
valiente, además es socio en la propiedad del pase de Fernando
Cavenaghi, joven goleador riverplatense y de la Selección, que ahora
anda juntando plata en el fútbol de Rusia.
Peronista desde
siempre y duhaldista con pretensión de juego propio en la interna,
Alvarez llegó a intendente de su pueblo hace una década. Y aunque el
progreso social lo llevó a ser vecino de Pilar, siempre conservó a buen
resguardo su poder territorial originario, allí donde asoma la Argentina
profunda.
Desde aquella intendencia se proyectó a los planos
altos de la política. Primero se cargó a la espalda la Seguridad
bonaerense con Ruckauf como gobernador. Acompañó el brevísimo relumbrón
de Rodríguez Saá como secretario de Seguridad nacional, y después fue
ministro con Duhalde como presidente. Fue ésta una etapa tremenda, con
el país hecho un tembladeral de furia, las instituciones flameando con
destino incierto, y el asesinato de dos piqueteros en Avellaneda que
terminó de jaquear al Gobierno y apuró la salida electoral.
Ninguno
de los que tuvo protagonismo salió sin daño de esos largos meses de
incertidumbre. Pero se ha dicho, con razón, que buena parte del
encarrilamiento que logró la gestión de Duhalde estuvo apoyado en las
gestiones de Roberto Lavagna y del propio Juanjo Alvarez.
Nuestro
hombre creyó, quizá con ingenuidad impropia de él, que tanto afán
tendría recompensa inmediata. Su almohada sabe que se soñó
vicepresidente de Kirchner, ministro al menos, o candidato a gobernador
con la bendición de Duhalde. Amarga es la vida: nada de eso se le dio, y
terminó recalando en el octavo lugar de la lista de diputados del
peronismo bonaerense. Desde entonces empezó a rumiar su inquina y a
esperar la revancha.
Pareció que ese momento llegaba cuando en
una nueva crisis de seguridad, Felipe Solá lo convocó para reemplazar,
con su mezcla de autoridad y picardía, el estilo predicador de Juan
Pablo Cafiero. Le fue mal y duró poco. Los malandras lo recibieron con
un cascoteo de secuestros y delitos violentos que estallaron en cuanto
se anunció su designación. Y desde la Casa Rosada, en cuanto pudieron,
le sacaron tarjeta roja.
Ahora, la tragedia de Cromañón y la
necesidad de Ibarra de aferrarse a un salvavidas peronista para seguir
flotando lo convocaron de nuevo a escena. En todo esto hay una dosis de
venganza que Alvarez saborea con deleite: la breve ingeniería de su
regreso se armó a través de la Casa Rosada y terminaron llamándolo desde
los mismos despachos donde se había operado para su descabezamiento.
Esta
vez buscó asegurarse todos los flancos: antes de aceptar el cargo lo
llamó a Mauricio Macri para sondear si el jefe opositor porteño iba a
petardearlo de entrada. Escuchó esta respuesta: "Te vamos a apoyar en la
gestión, pero si tratás de tapar lo que pasó vamos a tener problemas".
Con eso le alcanzó para sentirse razonablemente seguro y darle el sí a
Ibarra.
Le toca hacerse cargo de la seguridad en un distrito que
no tiene Policía. Justo él, que había aprendido al dedillo cómo
manejarse con la Bonaerense y la Federal, donde había hecho buenos
amigos que después fueron barridos con feas acusaciones por las purgas
de la era kirchnerista. Va a tener que lidiar con los inspectores
porteños, que tampoco son nenes de pecho: no andarán armados, pero ya se
demostró cuánto son capaces de matar la desidia y la corrupción.
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